DDaniel Berdala, un lugar para recibir la ausencia.

Lo que toca toda pintura verdadera es una ausencia.
John Berger



La experiencia del hombre, su inquietud existencial, es una trama mental que roza lo visible para extraer lo invisible, y Daniel Berdala, desde sus pinturas, expresa la evolución de la vida, de una vida que no podría alcanzarse sin estar vinculada a la experiencia de su propio cuerpo, sin ser una clara referencia a ese fluir constante que enlaza la memoria con la emoción y el movimiento.

Metáforas del dolor, la muerte, el olvido, la esperanza… Fragilidades que de manera progresiva delatan el horizonte de la pérdida hasta transformase en una auténtica metáfora del espacio íntimo que hunde el horizonte “en una distancia infinita” como diría Diderot.

De hecho, los paisajes de Berdala, como los románticos me hace pensar en Friedrich y en algunas imágenes oníricas- o las abstracciones de un Rothko, existen en función de una experiencia vivida. Son paisajes ficticios que surgen como metáfora entre el autor y su entorno emocional, unas percepciones que -como ocurre en sus horizontes pintados- tienden a la supresión de fronteras, de límites que puedan separar la ficción de la realidad, la naturaleza de lo artificial. Aunque el pintor encuentre motivos que puedan ordenar la obra, la fuerza de su pintura es el contenido implícito, aquel que no tiene más cara que la ausencia. Berger alude a esa ausencia: “de no ser por la pintura, no seríamos conscientes. Y eso sería lo que perderíamos”
Para Berdala crear no es ningún imperativo. Solo precisa tener aquella “habitación propia” que reclamaba Virginia Woolf, la soledad y el silencio necesarios para vaciarse. El hecho de que trabaje en su estudio, que las montañas habiten su paisaje, es tan solo algo cotidiano que interioriza día a día, como sucede con el efecto acumulativo de sus viajes (Nepal, Brasil, Chile, Méjico…). Nunca pinta fuera de su estudio, de su “habitación propia” –a lo sumo, llena algunos cuadernos de notas durante sus estancias en otros lugares-; porque la obra es mental y fruto del acto de humanidad que representa vivir. Sí hay una colaboración con el entorno, un contexto que se universaliza en contacto con las emociones y le hace tan solo compañía; porque sus imágenes nacen, se hacen, adquieren forma y color, cuando todo ha desaparecido de su mirada. Lo único importante para él es saber que puede dedicarse a un trabajo íntimo, el que desea, sin plantearse objetivos que hagan de su obra un mero escaparate propagandístico. Solo entonces, el artista será honesto con si mismo y sabrá aislarse del engaño, de la facilidad con la que se puede construir cualquier esquema empresarial. Para él, la única satisfacción consiste en esta honestidad que provoca emociones en el espectador.

Escuchar la pintura

El arte jamás expresa otra cosa que su propio ser.
Tiene su vida independiente, lo mismo que el Pensamiento,
y se desenvuelve únicamente sobre sus propias trazas.
Oscar Wilde



Nos movemos sobre arenas movedizas plagadas de indiferencia, distancia, crueldad..., en un mundo donde solo progresa la mentira, la manipulación constante que articula nuestras vidas, donde todo es groseramente inhumano, donde cruelmente se habita la indiferencia; y el valor de construir día a día tu propio camino en la soledad del taller, ese andar pegado a la cuerda floja de las emociones, es casi un acto de temeridad. Pero también es verdad que la fragilidad de todas las cosas que nos rodean abre horizontes anónimos en el artista y aviva la pureza de sus sentimientos en un proceso inverso al de nuestro mundo, un proceso donde la incertidumbre y el temor han sido substituidos por esa auténtica necesidad de calma que va de la oscuridad a la luz en lugar de debatirse ante la esterilidad. Pero “pasar del arte de un período al período mismo es el gran error que cometen todos los historiadores”, como afirmó Wilde, de la misma manera que “Todo arte malo proviene de volver a la Vida y a la Naturaleza, y erigirlas en ideales” porque “La Vida y la Naturaleza podrán a veces formar parte de la materia bruta del Arte, …(…) En el momento en que el Arte abdica de su medio imaginativo abdica de todo”. No se equivocaba Wilde y su ironía demoledora de convenciones ya nos avisaba de que el artista debe evitar “la modernidad de la forma y la modernidad del asunto”.

Wilde decía que el arte expresa su propio ser y debemos entenderlo al margen de cualquier cronología, de la misma manera que Berger, en nuestra época escribe un libro con “sensación de urgencia” para reunir en una “bolsa de resistentes” a “los pintores de las cuevas rupestres, Rembrandt, un campesino rumano, los antiguos egipcios, un experto en la soledad de ciertas habitaciones de hotel, unos perros en la media luz del crepúsculo, un locutor de radio”... El fondo que une este diálogo tiende un puente hacia el espectador para que se de cuenta “de que lo que está sucediendo hoy en el mundo es perverso y que las explicaciones que nos suelen ofrecer al respecto son un montón de mentiras”. En esta “bolsa de resistentes”, con la convicción que representa, situaría sin dudar a Berdala.

Antes hablaba de la ausencia, de la manera que tiene Berger de analizar el proceso de una obra, justo en el estado que provoca la “desaparición”, porque el autor se convierte en el intermediario entre el estado de ánimo que expresa su dolor, temor, esperanza, calma, tranquilidad, paz, intemporalidad, ligereza, ingravidez…, y la conexión que se establece con el entorno. Como ya nos ha enseñado tantas veces la literatura, sobre todo a finales del siglo XIX y principios del XX, el dolor puede aplacarse en contacto con la naturaleza y restablecer así el equilibrio emocional. En nuestro caso, deberíamos invertir, interiorizar, ver como las emociones externas de Berdala alcanzan el equilibrio a través de un orden imaginado que surge de su mente y se convierte en paisaje. La naturaleza ya no es una observación externa sino una necesidad interna que le permite expresarse en términos climáticos.

Las pinturas de Berdala reflejan su estado anímico. No es que sean necesarios sus títulos, pero cada uno de ellos construye una imagen poética que, sumada a la imagen pictórica, nos permite comprender una actitud frente a la vida y hacer –según nuestra percepción- una lectura abierta. Es evidente que las emociones son suyas, pero integran ese contenido universal y anónimo del ser humano que nos hace cómplices, colaboradores, provocando otras emociones. Este componente atemporal es el que da validez a una obra.
Entre sus obras hallamos nexos, las unen elementos comunes que –en una progresión- avanzan hacia la síntesis y la depuración más absoluta. Pueden ser, según el momento, la tierra i/o el mar, pero una constante es el cielo, el azul, por la energía que le desprende. Si la tierra aparece en una parte de sus pinturas, quizás para concretar ese deseo de huir hacia delante en busca de aire; la luz y la levedad marcan el camino. Si la tierra, las montañas de aquellas obras iniciales, podían ser los fantasmas del subconsciente, en su evolución parece como si todo se hubiera borrado tras una limpieza interior, como si su deseo de calma y equilibrio levitara hasta alcanzar una filosofía zen. La tierra desaparece lentamente para convertirse en una delgada mancha que rompe la línea del horizonte y su dureza, como la del color o de las nubes de tantas otras obras, también se aligera para dar paso a una necesidad de paz. El nexo aquí ya no es su referente físico sino el silencio que producen los cielos, la soledad de esos azules transparentes, el sonido desnudo de la música que interpretaba Glenn Gould en su piano cuando ya había traspasado todas las capas de silencio, todas las pantallas que estorban frente a la necesidad de comunicación que deseamos alcanzar. Berdala consigue esa ausencia, esa desaparición…
Las montañas desaparecen y todo se aplana en un horizonte sin límites, en una disolución de planos que invierte y anula las referencias concretas para dar paso a la inconcreción de una ausencia que levita en su propia mente.
El romanticismo inicial se desnuda en esta disolución de campos de percepción que van hacia el blanco. Nos quedamos con las características básicas, con una alquimia, una metáfora que diluye los elementos… Somos nosotros quienes nos construimos a cada paso y todo acaba para volver a empezar. Lo que emergía se disuelve en el tiempo y en el espacio como nuestras emociones, sentimientos, dolores…, con la distancia que aplana y tranquiliza aquella incerteza que se debate entre lo que es y no es. Todos los paisajes de Berdala son una metáfora de la condición humana y nos devoran hasta hacernos desaparecer, frágilmente, como nuestras emociones, porque él jamás permite que la mirada se cuelgue de lo que ya ha sido creado y huye de cualquier condicionante que la nuble.
Paisajes que son pieles, voces que surgen del inconsciente, temperaturas que desgranan atmósferas, densidades que levitan hasta desaparecer, transparencias que perforan la emoción… El artista pone sus límites, como ese marco teñido, manipulado, que para él equivale a una ventana. Pero la obra vive detrás, se extiende y no se acota: solo se ríe del límite, como su mente de este taller que tan solo se convierte en “habitación propia” para ejercer su propia libertad y dar salida a la experiencia subjetiva. Tan solo el temor humano a la libertad siente la necesidad de poner un cerco, de cerrarse, como a menudo sucede con los pensamientos, las emociones…, olvidando la suma lucidez de Wilde cuando dice que “la meta consciente de la Vida es hallar expresión, y el Arte le ofrece ciertas formas hermosas a través de las cuales puede hacer realidad esa energía” o la de Shitao cuando afirmaba que “el pincel sirve para salvar las cosas del caos”, porque el arte siempre es el resultado de un diálogo sin fronteras (ni épocas, ni formas, ni estilos…) donde, como dice Berger, “la cosa pintada habla, si nos paramos a escuchar”.

Glòria Bosch,
Directora de arte
Fundació Vilacasas